El día que entendí que tenía que escribir El Camino de Santiago
Hay decisiones que no nacen de un plan.
Nacen de una incomodidad.
Durante años, tuve el privilegio de liderar equipos, tomar decisiones importantes y crecer profesionalmente. Desde afuera, todo parecía ir bien. Pero por dentro, había una pregunta que empezaba a hacerse cada vez más presente:
¿Estoy liderando como realmente creo que debería hacerlo?
No fue una crisis.
Fue algo silencioso y profundo.
Empecé a darme cuenta de que el liderazgo que había aprendido —basado en resultados, estructuras y jerarquías— se quedaba corto frente a lo que las personas realmente necesitan: alguien que las vea, que las escuche y que crea genuinamente en su crecimiento.
Ahí comenzó un proceso personal.
Uno que no empezó con la intención de escribir un libro.
Empezó con la decisión de trabajar en mí.
De cuestionarme.
De desaprender.
De entender que no podía exigir crecimiento a otros si yo mismo no estaba dispuesto a hacerlo.
En ese camino aparecieron conversaciones, aprendizajes, errores y también pequeños momentos de claridad. De esos que no hacen ruido, pero que te cambian.
Y en medio de ese proceso, surgió una idea:
¿Y si este camino que estoy recorriendo también puede servirle a alguien más?
No quería escribir un libro técnico.
No quería escribir desde la teoría.
Quería escribir desde la experiencia.
Desde lo que duele, lo que cuesta, lo que transforma.
Así nació El día que entendí que tenía que escribir El Camino de Santiago
Hay decisiones que no nacen de un plan.
Nacen de una incomodidad.
Durante años, tuve el privilegio de liderar equipos, tomar decisiones importantes y crecer profesionalmente. Desde afuera, todo parecía ir bien. Pero por dentro, había una pregunta que empezaba a hacerse cada vez más presente:
¿Estoy liderando como realmente creo que debería hacerlo?
No fue una crisis.
Fue algo más silencioso… pero más profundo.
Empecé a darme cuenta de que el liderazgo que había aprendido —basado en resultados, estructuras y jerarquías— se quedaba corto frente a lo que las personas realmente necesitan: alguien que las vea, que las escuche y que crea genuinamente en su crecimiento.
Ahí comenzó un proceso personal.
Uno que no empezó con la intención de escribir un libro.
Empezó con la decisión de trabajar en mí.
De cuestionarme.
De desaprender.
De entender que no podía exigir crecimiento a otros si yo mismo no estaba dispuesto a hacerlo.
En ese camino aparecieron conversaciones, aprendizajes, errores y también pequeños momentos de claridad. De esos que no hacen ruido, pero que te cambian.
Y en medio de ese proceso, surgió una idea:
¿Y si este camino que estoy recorriendo también puede servirle a alguien más?
No quería escribir un libro técnico.
No quería escribir desde la teoría.
Quería escribir desde la experiencia.
Desde lo que duele, lo que cuesta, lo que transforma.
Así nació El Camino de Santiago.
No como un destino, sino como una metáfora. Como ese recorrido interno que todos los líderes, en algún momento, estamos llamados a hacer.
Un camino en el que entiendes que el liderazgo no comienza cuando tienes un equipo a cargo… sino cuando decides hacerte cargo de ti mismo.
Hoy, mirando hacia atrás, entiendo que escribir este libro no fue un logro.
Fue una consecuencia.
La consecuencia de haber decidido empezar ese camino.
Y si hay algo que espero de quien lo lea, no es que encuentre respuestas…
sino que se anime a hacerse mejores preguntas.
Porque ahí es donde realmente comienza todo.
